jueves, 6 de marzo de 2008

La primera vez que dije cabrón.

En esto es en lo que se va a quedar el Santiago Bernabéu. En una estación de Metro. Como estadio ha pasado a mejor vida. Quizá como teatro -por las tragicomedias que allí se viven y el silencio del 'respetable'- podría tener futuro.
El partido de ayer frente a la Roma fue sólo el último capítulo. Ya me había dado cuenta antes. Recuerdo dos partidos -uno contra la Juve y otro frente al Manchester- en los que, cada vez que me levantaba, el tío de detrás me daba un golpecito para que me sentara. Mi primera opción fue ignorar los avisos. Después, cuando el aficionado se fue enfadando, no pude más que enfadarme yo más. "Si quiere ver el fútbol sentado, se me queda usted en su casa y deja de fastidiarme", fueron mis palabras casi textuales introduciendo algún 'taco'.
Ayer recordé aquellas noches europeas que, con nueve, diez y once años viví en el Fondo Norte del Bernabéu. A las cinco y media de la tarde llegaba a casa. Llevaba todo el día pensando en el partido. Mi madre ya nos tenía preparados los inmensos bocadillos que servirían para amenizar el descanso. Nos bajábamos mis hermanos Iñigo, Pablo y yo solos en autobús hasta el estadio.
A las siete y cuarto abrían las puertas del campo. Entrábamos corriendo y nos parapetábamos tras la verja de la portería del Fondo Norte. De allí nadie nos movía. Dos horas de espera con pipas y 'bocata' hasta que empezaba el partido. El Madrid no salía a calentar para que cuando saltara al campo, todo el estadio se muriese por ellos.
El decálogo estaba claro: sacar de centro, balón a la olla y hacer el primer remate. Si no entraba el balón, que por lo menos impactase en la publicidad de metal para asustar al rival. La primera patada tenía que ser nuestra y celebrada por todo el público. El estadio se caía. Ahí escuché por primera vez el Así, así, así gana el Madrid. En aquel Fondo Norte dije cabrón por primera vez. Fue a un defensa del Totenham en un durísimo partido que empatamos a cero y sirvió para pasar la eliminatoria.
Viví grandes remontadas y, cuando el equipo no podía remontar -Milán y Bayern- el estadio prorrumpía en una ovación porque toda la sangre, el sudor y el esfuerzo empapaban las camisetas de los jugadores. Ayer dio igual. Es que todo da igual. Ya nadie anima. El Bernabéu ha muerto. ¿Por qué nos han quitado esa ilusión? Ya entiendo por qué me aboné al Atleti. Allí sí que se anima. Y por eso fui a ver a la selección a Portugal. Soy de la Selección.

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