jueves, 6 de marzo de 2008

La terminal

Esa sensación, la misma que Tom Hanks en la película La Terminal. Así me sentí ayer en el aeropuerto londinense de Gatwick. Había viajado a Londres invitado por un bufete a la inauguración de sus oficinas. El martes fue un día genial. Estuve pateando la capital inglesa durante todo el día. Visité algún despacho de abogados que allí son auténticos monstruos. Dedican el mismo espacio a la cafeteria que aquí a toda la oficina.
Una cosa me sorprendió en Londres...y me entristeció. Me dio pena ver a la gente corriendo de un lado para otro, como sin destino. Cada uno a su bola, mirando el lado comercial de todas las cosas. Con una superficialidad -como dice mi amigo Miguel- que está al cabo de la calle. Amo Madrid.
Además, lo mismo que en Madrid encuentras una Iglesia en cada esquina, allí necesitas remover Roma con Santiago para poder pararte a hacer un rato de oración y no os cuento para poder ir a Misa.
El caso es que, después de un magnífico acto de presentación, una cena con los socios del despacho y unas copas con un amigo periodista, decidí adelantar mi vuelta. Tenía mi vuelo a las 16.50 (hora inglesa) y yo creía que había otro vuelo a las 11 de la mañana. Me desperté pronto -era el segundo día que dormía sólo 4 horas y media- y salí corriendo a Gatwick. Llegué a las 9.20. En el mostrador de Easyjet, una amable empleada me dijo que no había vuelo a las 11 y que ya habían cerrado el de las 9.40. No os podéis imaginar mi cara. Miré el reloj. Me quedaban siete horas para embarcar. Estuve tentado de sacar el carnet de periodista -a veces ha funcionado- o tirar de argumento familiar con algunas lágrimas. Decidí que lo mejor era esperar.
Lo malo es que Gatwick no es como Heathrow. Éste es un aeropuerto chiquitito en el que apenas hay unos bares y pocas tiendas. Aproveché para escribir el artículo que publico hoy aunque me salió bastante caro ya que ¿a quien reclamas cuando un fucking ordenador de aeropuerto decide colgarse cuando ya has echado dos libras?
Luego compré el ABC, El Mundo, La Gazzeta dello Sport y le pedí a un camarero el mejor sitio en el bar. "Voy a estar varias horas", le aseguré. Después de alguna cerveza y una hamburguesa, fui a investigar otras zonas del aeropuerto. Descubrí una tienda que se llamaba Whisky. Me acordé de Truli. Allí estaban todas las botellas de Johnnie Walker que os podéis imaginar. De todos los tamaños, etiquetas, edades y mezclas...una maravilla prohibitiva.
Ya sólo me quedaban tres horas. Después de algunas oraciones por las tantas intenciones y milagros que estamos pidiendo, me senté en la zona de espera y saqué mi libro de John Grisham Playing for pizza. Me lo trajo mi hermano Rafa de Irlanda y está entretenido. En las librerias de Londres ya estaba su nueva novela de abogados. Parece que vuelve por sus fueros. Voy a esperar a que esté en español.
En la zona de espera entablé conversación con un irlandés, mayor, republicano y que empezó a preguntarme por ZP y el País Vasco. Me costó desenvolverme en inglés sobre política. Pero terminamos hablando de Dios. Se nota que la gente está sedienta.
Bueno, ya no aburro más. El vuelo de vuelta estuvo muy entretenido. Llegué a casa a ver al Madrid. ¡Vaya basura de afición! Nadie anima en el Bernabéu. Menos mal que mi equipo, la Selección, tiene cita este verano.
PD: Eché de menos a Covadonga.
PD2: Amigo, arriba ése ánimo. Las mujeres son así. El Amor te está esperando y el amor siempre llega.

1 comentario:

  1. Pedazo de ciudad Londres. Gracias por los ánimos, crack.

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