martes, 27 de mayo de 2008

El día de la Ordenación

El sábado amaneció con un sol radiante cuando las previsiones eran de lluvia o, por lo menos, cielo encapotado. Aunque nos despertamos a las 8 de la mañana, después de la paliza que nos habíamos pegado el día anterior, el sueño había sido reparador.
Estábamos a la espera de que llegasen mis hermanos que habían salido temprano de Madrid. Por la mañana, nos fuimos María, Covadonga y yo a Villa Tevere, la sede central del Opus Dei. Es un buen lugar para sentarse delante de donde está enterrado san Josemaría Escrivá de Balaguer y dar gracias por tantas cosas tan buenas que la Obra me ha regalado a los largo de mi vida.
A eso de las 14.30 estábamos todos los hermanos y cuñados subidos en un pulmino -una furgoneta grande- que nos llevó hasta san Eugenio, la Basílica donde iba a ser la ceremonia.
No había invitaciones para todos así que alguno tuvo que quedarse un poco más atrás dentro de la Iglesia. Pero eso daba igual. La solemnidad, la emoción y la ALEGRÍA que se respiró durante las dos horas y media de ceremonia llegaron igual a cada rincón del templo.
Lo he dicho y lo he repetido. Creo que sería presuntuoso por mi parte intentar describir las emociones de un momento tan importante -caray, que escasa se queda la palabra-.
Sólo sé que me hice una pequeña herida mordiéndome el labio para tratar de aguantar el tipo. Pero finalmente no pude evitarlo...lloré. Creo que las mejillas disfrutan cuando sirven de pista de aterrizaje de unas lágrimas cargadas de tanta alegría. Son lágrimas que caen al corazón para regar las semillas de un agradecimiento que brota sentido y meditado hacia Dios por tantos dones y bendiciones.
Mientras van imponiendo las manos al resto de ordenandos le das gracias a Dios y te ríes con Él contándole anécdotas de lo que, especialmente los tres hermanos mayores, hemos vivido: los aguinaldos para regalarme a mi madre un cesta de Navidad; los partidos de fútbol contra mis primos; las bicicletas en la 'urba'; las carreras de chapas; las guerras de piñas; el boxeo; el salto de altura corriendo por el pasillo y cayendo sobre un colchón en el cuarto; los cien metros 'cojines'; los partidos de Copa de Europa detrás de la portería; las tardes en Argüelles; las tardes en Monteprícipe -queridos primos-; las colecciones de cromos...
Y ahora estaba allí, vestido de sacerdote, con una cara de paz y serenidad que casi te hace vislumbrar a su Ángel de la Guarda saludando a su nuevo Arcángel ministerial.
En un rápido vistazo pude ver a mis padres muy cerca de Íñigo. Entonces sí que me emocioné. ¿Qué debe pasar por la cabeza de un matrimonio cuando recibe una bendición así? Estaban pletóricos.
Con una alegría indescriptible posada sobre un colchón de serenidad y paz que no se compra en las rebajas sino que se teje minuto a minuto durante cuarenta años...y más.

Especial fue el momento de la Comunión. Aquella Basílica era una Fiesta de Gracias que Dios repartía a quien quiesiese recibirlas. Recibes al Señor con la mejor disposición posible y en una fracción de segundo notas como si Alguien te diese una pequeña colleja: "¡Qué Me ha bajado tu hermano!", te dice Jesús. Y entonces ya no puedes parar de llorar. Y después de darle gracias vuelves a desplegar la lista de peticiones en ese momento en el que Le notas tan de cerca.
Y a mi lado, sentadas como dos princesas sonrientes, mis dos bendiciones: guapas, radiantes, preciosas, alegres, pendientes de que yo estuviese bien, con su parecido físico acrecentado en dos luceros por ojos...dos farolitos.
La salida de los nuevos sacerdotes fue conmovedora envuelta en una atronadora ovación que ayudó a soltar todo el lastre lacrimal que uno pudiese todavía tener.
En el exterior de la Basílica se formó un totum revolutum en el que pudimos saludar a muchísimos amigos y, por supuesto, abrazar a Íñigo y besar sus manos recién ungidas.
Aquí pongo algunas fotos.
Luego nos fuimos a un convite en el que estábamos todas las familias y amigos de los nuevos sacerdotes. Estuvo muy bien organizado y pude saludar a viejos amigos que están en Roma desde hace tiempo.
Ya relajados y tras haber soltado mucha adrenalina, pudimos disfrutar de la alegre charla y comentamos las anécdotas de la ceremonia.
Después de despedirnos de Iñigo, nos fuimos a cenar toda la familia a Pastarito, un restaurante donde arrasamos con las existencias de pizza, pasta y limoncello. Fue impresionante.
El día terminó con sólo los chicos en un bar a veinte metros del hotel y las copas a 3.50. Sin comentarios. Fue mítico. Allí cada uno explicó sus sensaciones y sus alegrías. Edificante.
PD: A veces me pregunto si es bueno abrir tanto el corazón. Y siempre me digo lo mismo: "es el blog de tu hija. Si a alguien le parece mal...que no entre".

5 comentarios:

  1. Borja, es todo impresionante.
    Me lo estoy leyendo con muchas ganas. Sigue publicando, que aquí tienes una lectora.

    MARU

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  2. Lo mismo digo Borja. A quien no le guste que no mire. Enhorabuena por este pedazo de post de hoy. Me has trasladado allí y se me ha puesto la piel de gallina... Debió ser increíble.

    Lo que más me han gustado han sido las fotos. Me alucina ver lo que puede llegar a transmitir su cara, s mirado. Paz, serenidad... Chocan si las comparas con las que vez en la gente hoy en día...Compungidos, estresados, cabreados....

    Imagino lo orgulloso que debes estar de tu hermano.


    Un abrazo,

    América

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  3. Queridas amigas,
    gracias por vuestros comentarios. Es verdad que el blog es para mi hija y para mí. Por eso, cuando alguien entra y encuentra algo que le llena es como una nueva satisfacción, porque nadie sabe dónde...bueno, vamos a dejarlo.
    América, gracias.
    Maru, a por todas.

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  4. Querido Borja:

    Se escribe "Montepríncipe", con "n", no "Monteprícipe". Pero no te preocupes lo más mínimo, por dos razones: porque me encanta verlo citado -gracias, querido primo-, y porque nada supera al palabro "la fráquina de coches" -que es como llamaba Íñigo de niño a un juguete a pilas que había en aquella casa-. Si no te lo sabe explicar Íñigo, quizá pueda tu hija Covandonga, que debe hablar el mismo idioma.

    Un abrazo muy fuerte, gracias y felicidades para toda la familia.

    Alfonso

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  5. Arfonso, qué te voy a decir...gracias a TODOS vosotros.

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