jueves, 21 de octubre de 2010

Subirse al caballo

La tradición nos lleva a asociar la conversión de una persona con la figura de caerse del caballo. San Pablo y sus cosas.
el caso es que, a veces, la conversión no supone caerse del caballo sino hacer todos los esfuerzos para subirse a él y galopar con la antorcha para propagar el Fuego -por cierto, hoy el Evangelio es el del Fuego...je, je, je-.
Os dejo aquí el testimonio de una amiga que he descubierto hace poco -a la amiga y su conversión- y que contó hace un tiempo en un blog en Infocatólica.
Un apunte: JP2 tuvo mucho que ver.
Sólo me sale dar gracias a Dios. ¡Disfrutadlo!

"Antes de nada quiero explicarte que no soy una conversa en sentido estricto, así que no sé si lo que voy a contarte es lo que esperas. Soy católica desde mi nacimiento, educada en una familia católica, escolarizada en colegios católicos, y siempre he sido creyente.
Sin embargo, creo que me ocurrió lo que a muchos de los que nacimos tras el Concilio Vaticano II. La formación religiosa que recibí en el colegio y en la catequesis fue muy poco ortodoxa, muy deficiente y, sobre todo, absolutamente banal. Así que mientras viví en familia seguí practicando, pero en cuanto entré en la universidad y me marché fuera dejé de hacerlo. No le di demasiada importancia entonces; no hubo una ruptura premeditada, no hubo un rechazo a la Iglesia. Yo seguía creyendo en Dios, pero mi fe no tenía fundamentos sólidos. Me sentía católica, respetaba la Iglesia, tenía mucho afecto al Papa, pero no practicaba, no veía cuál era la importancia de hacerlo.
Lo que yo no sabía entonces es que alejarse de la Iglesia implica, de facto, alejarse progresivamente de Dios. No en el sentido de negarle ni mucho menos; es algo mucho más sutil y más difícil de reconocer: se trata de pasar días y días, meses y meses, año tras año sin pensar en Él, sin vivir Su Presencia. Al principio se sigue rezando, pero poco a poco eso se deja también. Y el tiempo pasa y el alejamiento crece.
En abril de 2005 murió Juan Pablo II. Un mes y medio antes de su fallecimiento compré un billete de avión a Roma para pasar un fin de semana de ocio. Pero algo ocurrió la semana anterior al viaje. Mientras veía la televisión y contemplaba a los cientos de miles de católicos que acudían a Roma para acompañar al Papa en los últimos momentos, recordé una escena de mi infancia, cuando en 1982 mi madre nos llevó a mis hermanos y a mí a ver a Juan Pablo II a Santiago de Compostela. Recordé las horas de espera, el frío, los bocadillos, y recordé cómo el Papa nos sonrió en el momento en que pasó cerca de nosotros. Y en ese momento, frente a la televisión, sentí una sensación de orfandad absoluta. Dos días después murió el Santo Padre. Y, esa noche, recuerdo que recé por primera vez en mucho tiempo y le dije: “no nos dejes solos, dile a Dios que cuide de nosotros, no te olvides de nosotros".
Llegué a Roma el día del entierro. Todavía no tenía claro nada más, sólo sentía una extraña emoción. Y lo que vi en Roma me abrumó. Aquellos cientos de miles de personas agolpadas en San Pedro esperando pacientemente, mujeres, niños, bebés, jóvenes, ancianos, religiosos y religiosas, sacerdotes jóvenes y sacerdotes mayores, de todas las nacionalidades, de todas las razas, de todas las clases sociales, de todos los rincones del mundo. Fue entonces cuando comprendí por primera vez lo que significa catolicidad, y sentí algo muy parecido a la nostalgia. Porque yo me sentía dentro y fuera de todo aquello. Me sentía católica como ellos, pero sabía que en realidad no era como ellos, no tenía lo que tenían ellos.
Por supuesto, no hubo fin de semana de ocio. Pasé los dos días en el Vaticano y de iglesia en iglesia en Roma rezando un misterio del rosario en cada templo. En aquel momento no sabía por qué lo hacía, no era consciente de ningún cambio, no había tomado ninguna resolución. Simplemente sentí la necesidad de hacerlo, la necesidad de entrar en aquellas iglesias, arrodillarme, bajar la cabeza (este detalle es muy importante) y rezar.
Volví a España y allí comenzó la búsqueda. Creo que siempre he sido una persona muy racional, necesito comprender, analizar, profundizar. Necesitaba entender todo aquello. Así que, por primera vez en muchos años, abrí los Evangelios. Y busqué durante noches y noches en vela datos sobre la historicidad de aquellos textos increíbles.
Siempre había aceptado que eran documentos históricos, no dudaba de la existencia histórica de Cristo, no dudaba sobre la Pasión, Muerte y Resurrección, pero era una creencia “teórica", jamás había reflexionado a fondo sobre esa afirmación. No había asimilado la inmensa grandeza, lo absolutamente gigantesco de esa afirmación. Me dije: “Algo me ha pasado, lo que tengo que hacer es averiguar qué es. ¿Es puro sentimentalismo? ¿Es emoción? ¿Es que necesito un apoyo?". Y supe que lo que debía hacer era comenzar por el principio: ¿qué había ocurrido en Palestina en el siglo I? ¿Qué había pasado para que aquellos 12 judíos que conocieron a Jesucristo cambiasen el rumbo de la historia? ¿Qué había ocurrido el Domingo de Resurrección? ¿Qué sabíamos realmente sobre aquello?
Durante varios meses investigué las fuentes históricas, leí todo lo que puede leer, compré libros, profundicé, estudié. Y, entonces -no fue en un momento exacto, sino más bien de forma gradual- comencé a ver la Verdad. No puedo explicar muy bien cómo fue, es como si uno viese levantarse poco a poco ante si un inmenso y deslumbrante iceberg. No hubo caída del caballo ni experiencia mística alguna. Sólo la certeza absoluta de que aquello era la Verdad, el convencimiento profundo de que la explicación cristiana del mundo es la verdad sobre el mundo, sobre el hombre, sobre la Historia, sobre Dios.
Pero estaba muy preocupada, porque esa vuelta me parecía sólo intelectual. Aquello era la realidad en si misma, la verdad; pero yo no sentía calor en el corazón, no había misticismo alguno, no sentía nada más aparte de la excitación de haber visto cómo se corría el velo. Y como muchos católicos poco formados, creía que el sentimiento era la base fundamental de la vida religiosa. También sabía que el siguiente paso era volver a la Iglesia, pero me frenaba la idea de tener que confesarme con un sacerdote después de tanto tiempo.
Seguí leyendo doctrina, padres apostólicos, apologética, teología, y dejé de lado todas las demás lecturas (de hecho, han pasado tres años y sigo dejando de lado otras lecturas). En ese proceso fueron muy importantes para mi dos escritores británicos: C. S. Lewis (su Mero Cristianismo me fascinó absolutamente) y Chesterton, con Ortodoxia y El Hombre Eterno. Siempre me ha gustado la literatura inglesa y los autores británicos, así que comenzar por ellos fue algo muy natural. Yo creo que puedo decir con convencimiento aquello de que Dios es un Gran Pedagogo; me llevó hacia Él a través de los autores, del pensamiento, que más se ajustaba a mi forma de razonar. En ese camino también me ayudó mucho Ronald Knox y, sobre todo, el Cardenal John Henry Newman.
Hay otro factor que ha sido tan constante en mi vida que a veces se me olvida mencionarlo, y para mí es muy importante incluirlo en el relato: las oraciones de mi madre. Estoy convencida de que es un elemento presente en la mayor parte de los regresos de católicos alejados. Ellas, gracias a Dios, nunca se rinden. Benditas sean, cuánto les debemos.
Y, bueno, una mañana, finalmente, bajé de nuevo la cabeza y acepté que tenía que volver a la Iglesia. Entré en un templo, me arrodillé en el confesionario y me confesé con un anciano sacerdote jesuita al que le expliqué todo lo que me había pasado. Fue muy emotivo, yo temblaba de emoción, apenas podía hablar, toda la emoción que no había aparecido antes surgió entonces. Y recuerdo que le pregunté: “¿por qué me ha pasado esto ahora? ¿Por qué a mí?” Y él sonrió, me señaló el techo con la cabeza y me dijo simplemente: “Es Él, todo esto viene de Él, es Él". Evidentemente no era la primera vez en tantos años de sacerdocio que se encontraba con una historia parecida.
He dicho más arriba que bajar la cabeza es importante, porque yo creo realmente que “humillar” el intelecto (como primer paso para entrar en un universo intelectual infinitamente mayor que aquel del que uno sale), aceptar que 2.000 años de cristianismo hacen de la Iglesia Católica la Gran Maestra, una maestra muy superior a lo que cualquiera de nosotros podamos decir sobre el cristianismo en nuestro pequeño puñado de años de vida, fue fundamental en mi regreso.
Al principio me encontré con aspectos del magisterio de la Iglesia -no me refiero a las verdades fundamentales- que me costó entender y asumir. Aspectos que yo rechazaba, o criticaba, o consideraba poco relevantes. Pero aquí hice exactamente lo que uno hace con una madre: confié, los acepté, y esperé. Los acepté y fue después de aceptarlos, de decidir voluntariamente aceptarlos, y de proseguir con el estudio y la oración, cuando fui gradualmente comprendiendo su significado y su profundidad. También descubrí el tesoro milenario de la liturgia (yo he vuelto por la puerta de la ortodoxia, sin duda) y tantas y tantas otras cosas.
De hecho, estoy todavía en periodo de aprendizaje, me queda mucho, muchísimo por aprender. Pero lo cierto es que ahora, cuando miro hacia atrás estos cuatro últimos años, veo claramente la acción de la Providencia en mi vida. Veo la suma de las pequeñas y grandes “no-casualidades” que me han traído hasta aquí.
Y doy gracias al Señor cada día por este regalo."

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